Cada día millones de personas en todo el mundo se enferman no por virus respiratorios, ni por epidemias exóticas como de película, sino por algo mucho más cotidiano: lo que comen.
Las Enfermedades Transmitidas por Alimentos (ETAS), son una de las causas más frecuentes de enfermedad en el mundo entero, pero lo más impactante una de las más ignoradas.
Aunque el comportamiento epidemiológico de 2025 sigue en curso, las cifras y datos nos muestran que estamos ante una problemática no menor, las enfermedades transmitidas por alimentos continúan presentes y afectan a miles de Colombianos y en cifras mundiales estamos hablando de cerca de 600 millones de personas se ven afectadas por consumir alimentos contaminados.
Las ETAS, son aquellas infecciones que se producen cuando una persona consume alimentos o agua contaminada con microorganismos dañinos, como bacterias, virus, parásitos o incluso toxinas producidas por estos mismos, se puede confundir con el hecho de “una comida que cayó pesada”, no sabiendo que hay detrás un evento infeccioso que puede generar desde cuadros leves hasta complicaciones graves.
En nuestra cultura costeña, donde la gastronomía callejera forma parte de la identidad y del sustento diario de muchas familias, hemos normalizado el consumo rápido y cotidiano sin detenernos a pensar en las condiciones de manipulación y conservación, el problema no es el vendedor que trabaja honestamente para sobrevivir; el verdadero riesgo está en la falta de controles y educación sanitaria que debería acompañar toda la cadena alimentaria.
Las instituciones competentes en inocuidad alimentaria y salud pública, como el Ministerio de Salud, las Secretarías de Salud departamentales/ municipales y el propio Instituto Nacional de Salud, tienen un papel fundamental no solo en la vigilancia epidemiológica, sino en el fortalecimiento de capacidades para que todos los actores de la cadena alimentaria comprendan y apliquen prácticas seguras.
No se trata de penalizar o limitar el sustento de las microempresas y vendedores informales que con esfuerzo y amor sostienen a sus familias; al contrario, es necesario capacitar a quienes venden alimentos día a día, brindándoles herramientas técnicas de higiene y bioseguridad que protejan tanto su salud como la de la ciudadanía.
Estas capacitaciones deben incluir desde el manejo adecuado de manos y superficies, hasta la conservación en cadena de frío, la prevención de contaminación cruzada y la cocción segura para los alimentos de alto riesgo. Por ejemplo, los mariscos, que por su naturaleza biológica y por la presencia de bacterias, son alimentos frecuentemente asociados con enfermedades transmitidas por alimentos si se consumen crudos o mal cocidos, porque estas bacterias se acumulan en moluscos y pescados y pueden causar gastroenteritis u otras infecciones graves si no se controla la inocuidad de la preparación y almacenamiento.
En regiones como la Costa Caribe, donde la geografía favorece un contacto constante con productos del mar y donde el consumo de mariscos es parte del patrimonio gastronómico, tanto la ciudadanía como los vendedores deben estar informados y entrenados para minimizar riesgos, garantizando productos más seguros y una mejor calidad de vida para todos.
El puesto de fritos y el carrito de arroz de payaso con el que muchas personas resuelven su día, es tradición y rebusque, pero también debe ser responsabilidad.
El sabor no puede estar por encima de la salud.
Juan Andrés Pacheco Reyes
juanandrespachecoreyes7@gmail.com
Microbiólogo en Formación – Universidad Libre Barranquilla.